Reseña historica de los Salesianos en Formosa PDF Imprimir E-mail
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60 años de la presencia Salesiana en Formosa

 

 

La llanura se hizo cielo, las lagunas bautisterio  

 

Una calurosa noche del 18 de febrero, en el año 1949, arribaron a Formosa Paí[1] Ortuondo y Paí Ferlini. Sueños, expectativas, un poco de miedo, tal vez, traían. Les habían dicho en Rosario, gran ciudad de la cual partieron, que, por esos lados, se iban a encontrar con “quién sabe qué cosas”, en ese tiempo, todo quedaba lejos y despertaba misterio. Más valor encendieron en sus corazones, al sentirse misioneros de Don Bosco. No habían descendido todavía del barco, y ya se oía el fuerte aplauso de una comisión organizadora y de otros cristianos felices de recibir a dos curas nuevos. Las luces del barco “Ciudad de Asunción”, que parecía un arbolito de Navidad, se confundían con un sinfín de estrellas en un cielo que traducía la majestuosidad del universo. Eran sólo dos curas que llegaban con poco equipaje ¡y con un deseo inmenso de evangelizar! “No lleven nada para el camino; ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas. Quédense en la casa donde entren hasta que dejen aquel lugar”.[2]

 

Aunque ya se habían instalado, en Formosa, los franciscanos y las hermanas educacionistas, la presencia de los salesianos infundió un espíritu nuevo. Eran famosos por sus oratorios repletos de chicos, que daban tanto que hablar en Corrientes y Resistencia. Bullicio, alegría, canciones, bandas de música, juegos, todo estaba por germinar en la tierra formoseña, y, en un lote que consiguieron, los hijos de Don Bosco emprendieron su cometido: entretener a los jóvenes, educarlos, darles un rico refrigerio o una taza de “cascarilla”[3], enseñarles catequesis y acercarlos a los sacramentos y a la Iglesia. Pasaron sólo dos meses, y un grupo de niños tomó la primera comunión.

 

El 25 de mayo del mismo año, fundaron el Batallón 55 de exploradores “Manuel Belgrano”, que, el 9 de julio, desfiló con trajes de “pequeño ejercito” detrás de los militares. En torno a la pujante obra salesiana, había mucho que hacer, y todo parecía poco a la hora de empezar. Con la fuerza de los inicios, se proyectaron las realidades pastorales y educativas, que hoy están a la vista de todos [4]. Esos religiosos contentos, industriosos y llenos de Dios, edificaron oratorios, escuelas, capillas y esculpieron, en las almas de los formoseños, el amor a Jesús y a su madre la Virgen María Auxiliadora.

 

Sembraron esperanza donde pudieron, amaron a Dios y lo contagiaron. Construyeron el Reino, desde abajo y con pobreza. El Paí Ortuondo empezó con palos de palmeras y otros maderos que le donaron, los arrastraba a mano, con tractor, a caballo, como fuera. No había tiempo que esperar. EL Paí Ferlini difundía espiritualidad, consejo, sacramento y paz. El Paí Ortuondo reflejaba fuerza, actividad, confianza en la providencia y alegría. “Los que los conocieron hablan de una perfecta complementariedad entre Ferlini y Ortuondo. Mientras Ortuondo era un hombre práctico, un peón de pala y machete, el P. Ferlini era el clásico sacerdote con un halo de espiritualidad que irradiaba a quien lo escuchase”.[5] Más tarde, llegó el Hno. Marozzi, quien supo acompañar a los dos pioneros y formar una comunidad religiosa con mucho trabajo y esperanza: no tenían nada, ninguna comodidad, sólo ganas, amor por el Reino y por los jóvenes formoseños.

 

Con el Evangelio y el sacramento, se entrelazaban el oratorio, las tardes para subir a un escenario y cantar por un premio o sólo para alegrar al público. Se organizaban partidos de fútbol, básquet; quermeses interminables con rifas y muchos sueños. De a poco, se fue recaudando lo necesario para la labor educativa, el templo María Auxiliadora, algunos talleres, etc.

 

Con el ímpetu de los fundadores, se inició, en Formosa, una gran obra a favor de los jóvenes y los pobres. La Congregación salesiana siempre apoyó a sus misioneros religiosos, entregándolos a una tierra fértil y amante del Evangelio. Una provincia sensible que respeta a sus ministros y representantes, y ayuda a que la obra crezca y permanezca. Una provincia donde el amor a María despliega tintes concordantes, pero distintos a la vez, que embellecen y animan al pueblo que aguarda todo de su madre. La cercanía con el país hermano paraguayo contagia la devoción por la madre de Caá Cupé. En la Iglesia Catedral, se venera, como patrona de la provincia, a la Virgen del Carmen. La virgen de Don Bosco, la Madre Auxiliadora, también cobra rostro formoseño en un templo que se levanta como ícono de la ciudad y recibe en “Tatané”(6) y saluda desde Mariano Boedo[7]. La llanura se hizo cielo, las lagunas, bautisterio, las palmeras, tronco de vida alegre. El calor se olvidó por un tiempo, ardieron las almas en santo misterio. Don Bosco se hizo vida acá, bajo un algarrobo formoseño.

 

[1] Padre, sacerdote en guaraní.

[2] Evangelio de Lucas 9, 1-6

[3] El chocolate puede reemplazarse por la cascarilla de cacao.

[4]Jardines de infantes, escuelas primarias y secundarias, centros de capacitación laboral, parroquias y capillas, centro recreativo, movimientos juveniles, emisora de radio de frecuencia modulada, hogar para menores en riesgo, asociaciones…

[5] Comentario extraído de la carta mortuoria del P. Enrique Ferlini.

[6] Tatané localidad sobre la ruta nacional n° 11, a unos 30 km de Formosa capital.

[7] Mariano Boedo, población rural a unos 40 km hacia el oeste de la Capital formoseña.

 

 

Por Germán Díaz

Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social y Gerente administrador de Radio Manantial.

 

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