| El Juego de la Muerte |
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![]() Cultura Juvenil por Germán Díaz Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla Recientemente, una persona adulta me contaba que cambió su celular por uno de último modelo. Le llamaba la atención que los jóvenes que lo veían le decían a cada momento: “Ése es el celular que yo quiero”. El círculo vicioso del consumo... Estamos ante una gran epidemia juvenil imperceptible: la falta de ideales o el aplastamiento continuo de metas no materiales. ¿Acaso valen algo los ideales cuando todo se puede probar sin culpas o comprar con tarjeta? Hace unos días, en un supermercado, una señora muy humilde estaba desesperada por saber si su tarjeta alcanzaba o servía para comprar mercaderías. La cajera le dijo: “Vaya, señora, traiga la mercadería, y pasamos la tarjeta para probar, no hay otra manera”. La señora se fue rapidísimo. Yo me la imaginaba buscando, en las góndolas, artículos de primera necesidad alimentaria para sus niños que esperaban en la casa. No fue así. Volvió, en menos de un minuto, con un reproductor de DVD. El modelo actual de familia, en diversos lugares, consiste en padres que trabajan todo el día para “tener más” o sobrevivir, y niños que ya no juegan con autitos, sino con celulares. Este estilo de vida puede atraer muchos otros males. Hoy, los jóvenes buscan sensaciones todo el tiempo, y los padres, en algunos casos, permiten todo, temen perder a sus hijos imponiéndoles límites. En consecuencia, la derivación de los jóvenes en el alcoholismo resulta alarmante. El hecho de hacer desembocar todas las tensiones en el alcohol no puede ser otra cosa que tapar la realidad, sentir algo diferente. Este mundo, por cierto, no lo crearon los jóvenes, es lo que preparamos los adultos para ellos. ¿A qué queremos llegar en esta vida? ¿Ser grandes triunfadores o millonarios? ¿Llegar a ser Tévez o Fort? Esa meta, ese sueño o ese cuento de llegar a triunfar en la vida no constituyen algo externo a nosotros. La felicidad no depende de cuantas posibilidades gocemos, sino de cuánto hemos hecho para obtenerlas. ¿Qué pasa cuando valen más las sensaciones que los pensamientos? Si lo siento, lo hago. Hace poco, le pregunté a un chico por qué no concurría más al grupo juvenil, y me contestó: “Porque no tengo ganas de nada”. ¡Quince años, y no tiene ganas de nada! Así están muchos jóvenes: sedentarios y sin ganas. Vivimos sólo para las grandes sensaciones. En la religión, también puede suceder lo mismo con las sensaciones y sentimientos. Por ejemplo, hay grupos, en la Iglesia, que basan prácticamente toda su actividad en la sensibilidad o sensiblería. Pero esto no es permanente en el hombre. Las sensaciones cambian, pasan. ¿Qué hago cuando ya no está la sensación? ¿No van más a la Iglesia porque no sienten? ¿No creen o no quieren más a Dios porque no lo sienten? Obligar al cuerpo a sentir nuevas experiencias placenteras parece que puede llevar lentamente a la irracionalidad, la locura. La caída de algunos jóvenes en el famoso “juego de la muerte” nos vuelve a cuestionar acerca de la cultura que se va instalando, cada vez más, entre nosotros. No digo que los jóvenes que se quitaron la vida muestren estas características descriptas, sino que existe una cultura subyacente más allá de los ejemplos concretos. Algunos problemas que se presentan como preocupantes en los más jóvenes de nuestra sociedad constan de, por lo menos, dos causas, a mi entender: el extremo sedentarismo de muchos y la búsqueda constante de sensaciones. Hoy se experimenta con todo. La vida real desilusiona, deprime, y, entonces, siempre hay que andar buscando nuevas experiencias. “¿Cómo me escapo de la realidad, si no me alcoholizo?”, me decía un muchacho de 14 años, días pasados. El juego de la muerte puede ser un divertimento o una de las últimas sensaciones que se experimente, así y todo, sigue siendo tentador para algunas personas, sobre todo jóvenes. No es casual, ni raro que los jóvenes, liberados de toda presión, sin ningún control por parte de los padres, especialmente los fines de semana, incurran en todo tipo de vicios. La idea de que es inofensivo que los niños estén tranquilos en casa con la computadora ya no debería tranquilizar. El uso de Internet sin control de los padres puede, lisa y llanamente, convertir a nuestros hijos en unos desconocidos. Con sólo navegar por You tube u otra página de videos, se podrá ver a jóvenes, que sometidos al ocio, se filman expresando cualquier estupidez. Demasiado tiempo libre que los adolescentes y jóvenes usan para seguir experimentando sensaciones nuevas sin restricciones, en soledad, sin orden, sin culpa. Los casos fatales del “juego de la muerte”, que se registraron en la Argentina, sorprendieron mucho, porque los jóvenes mantenían una vida normal. Las asfixias les provocaban una sensación de éxtasis, similar al estado que produce el efecto de la droga. Los jóvenes aparentemente se ahorcaron, con el fin de vivir alguna nueva sensación. ¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo un adolescente de una familia tipo, común, normal o como se quiera definir, llega a jugar con su propia vida? No se sabe, en verdad, cuál es el motivo real de las víctimas recientes, ya que los afectados no lo pueden contar; y este análisis no pretende, bajo ningún punto de vista, desentrañarlo. La realidad sólo expone el resultado de la muerte, y algunos jóvenes han sentido miedo de sucumbir a una supuesta trampa psicótica. ¿Qué se esconde detrás de todo esto? Lo cierto es que los juegos continúan realizándose, así como las picadas nocturnas, los cócteles de drogas, las fiestas de alcohol desenfrenado y tantas otras situaciones de vértigo y exceso. Pero la respuesta no reside en el final, sino en el comienzo. por Germán Díaz Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
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