| Gracia o Desgracia!!! |
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![]() Sobre el matrimonio y el divorcio por Germán Díaz Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla El matrimonio es indisoluble principalmente porque garantiza la estabilidad de la familia. Un hombre y una mujer deciden unirse en matrimonio libremente, y, para ello, muchas parejas de hombres y mujeres solicitan efectuar el sacramento conocido como matrimonio. Éste sacramento, que se administra en la Iglesia Católica, es un signo verdadero, activo, visible, público, sensible y eficaz. La ritualidad con Jesucristo no implica un simple gesto o una suma de actos para hacer parecer que es real. La gracia de Nuestro Señor Jesucristo actúa eficientemente en la persona que lo recibe. Por eso, el sacramento del matrimonio no es una puesta en escena rodeada de romanticismo y lágrimas. En el acto del matrimonio, los contrayentes son ministros, y el sacerdote acompaña, celebra, testifica y cuida su autenticidad. El sacramento es una vez y para siempre. El Catecismo señala que el divorcio es una ofensa grave a la ley natural, pues pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. Además, atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental configura un signo. Asimismo, el hecho de contraer una nueva unión, aunque pueda ser reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla en situación de adulterio público y permanente. La situación jurídica, desde la mirada de la Iglesia, encierra lógica y coherencia, pero otra es la vida de los protagonistas. Una vez, escuché esto de una mujer: “Los curas creen que la separación y el divorcio significa, para nosotros los laicos, una diversión. En realidad, es una desgracia. No conozco a nadie y supongo que no existe, ninguna persona que pueda entender la separación como un paso sin dolor. Para nosotros, los que participamos en la Iglesia Católica, nos duele que nos den la espalda nuestros pastores cuando sufrimos la desgracia de la separación y el divorcio. Nos duele esta Iglesia que nos deja afuera y que siente que vivimos en pecado porque nos gusta pecar y no porque no hemos sido hechos para la soledad”. Puede ser que algunos sientan como una discriminación el no poder comulgar porque se han separado o divorciado y conviven con una nueva pareja. En verdad, la Iglesia Católica, siguiendo las enseñanzas del mismo Jesucristo, les permite participar de la vida cristiana, pero sólo sin comulgar. La excomunión no es un castigo, sino un requisito, porque, si se ha roto el lazo con un sacramento, es imposible recibir otro en esas condiciones. Por otra parte, los divorciados pueden realizar varias cosas dentro de la Iglesia, por más que no puedan comulgar. Cualquier persona puede ser solidaria sin necesidad de recibir la eucaristía. Los divorciados pueden rezar, meditar la Palabra de Dios, educar cristianamente a sus hijos y colaborar en las capillas de su barrio o de la escuela católica que eventualmente elijan. No es muy fácil la vida del divorciado, y, si encima se les coloca un cartel con el apodo “pecador”, la caridad cristiana estará cada vez más lejos. A muchos de los que integramos la Iglesia nos falta humanismo, tacto, cara alegre, sentido común y normalidad. A veces, se cree que ser católico es un perfil de persona seria, distante, pensamiento de derecha, fugado del mundo y sus actividades. Quizá podríamos ser más normales y ayudar a los miembros de nuestra comunidad que han pasado por la desgracia de la separación y el divorcio. No somos nosotros los encargados del “Juicio Final”, por lo tanto, debemos bajar los decibeles y mirar a todos con misericordia. Es una pena que, a menudo, nos cerremos y mostremos rigidez ante los divorciados. Si recurrimos al mismo Jesús, comprenderemos que, en sus insistencias sobre el matrimonio indisoluble, hay una clave de interpretación. Por ejemplo, en Mateo 5, 31-32, Jesús expresa que el que se divorcia manda a cometer divorcio al que deja solo. Es que Jesús está sugiriendo que el que es abandonado probablemente no tenga la fuerza o la fe suficiente como para quedarse solo, sin pareja. En Mateo 19, 3-9, Jesús escucha a los fariseos y justifica a Moisés porque permitió el divorcio frente a la terquedad de los hombres de ese tiempo. En Marcos 10, 9, Jesús vuelve a defender la unidad del matrimonio y su valor de inextinguible por el hombre. Ya en Lucas 16, 18, se hace hincapié en el pecado que comete un hombre libre buscando una mujer casada o viceversa. El pensamiento de Jesús, en este tema, es claro, sin dobles intenciones o interpretaciones. No deja lugar a la polémica. La Iglesia, en su magisterio, se muestra bastante cercana y atenta a la situación de los hombres y mujeres a quienes acompaña. En el Catecismo, da a entender que el matrimonio suele atravesar experiencias complejas, a veces, insostenibles, inadmisibles. “Existen situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la Iglesia admite la separación física (no el divorcio y la vuelta a casar) de los esposos y el fin de la cohabitación. Esta situación, hoy por hoy, debe ser documentada, ya que la probabilidad de ser entendida como ‘abandono de hogar’ puede ser un riesgo legal importante. Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación”.(1) La propuesta de la Iglesia Católica consiste en admitir la separación en casos difíciles, pero no la nueva unión. Para nosotros, los católicos, siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, “el matrimonio celebrado y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano, ni por ninguna causa fuera de la muerte"(2). Los esposos se obligan civilmente a ser fieles, a habitar en la misma vivienda y a procurar la manutención mutua. Ahora bien, el nivel de sacramentalidad que se le otorga al matrimonio realza su seriedad y su posicionamiento en el orden social también. La elección de casarse por la Iglesia no siempre es resuelta con total responsabilidad. Hay parejitas que se quejan de lo cansadores que son los cursillos prematrimoniales y no entienden que el carácter sacremental del matrimonio es muy grande. Por todo lo que encarna y las consecuencias que acarrea, no se puede improvisar el matrimonio sacramental. Por ello, cierta burocracia de la Iglesia, para todos los sacramentos, es básica. Necesariamente, aquél que acude a la Iglesia debe reconocer que lo que pide es siempre importante y que no se puede tirar agua bendita, y allí se acabó todo. La fuerza y el esplendor que adquiere una pareja de jóvenes novios con el sacramento se debe a la participación cierta y verdadera de Jesús. El matrimonio católico representa una bendición para la sociedad, una seguridad para los hijos que vendrán y una gracia para la Iglesia que se renueva y crece como comunidad.
(1) CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, Nº 1649. (2) Código de Derecho Canónico, canon 1141. por Germán Díaz Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
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