| Un Gesto Vale mas que mil palabras |
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![]() Un gesto vale más que mil palabras Las poses, los movimientos, las miradas de una clase dirigente entrenada para dividir un país por Germán Díaz Una vez, me dijo un tío muy querido que no se podía esperar nada de este país, porque los que están en lo más alto, allá arriba en la arista, no viven moralmente bien. Nunca volví a repetir la frase, pero tampoco me la pude sacar de la cabeza. Ese pensamiento, quizá negativo o pesimista, sigue asaltándome cuando escucho, veo o presiento las malas prácticas políticas de las cuales, día a día, somos testigos. Solemos creer que al país lo hacen los gobernantes, es obvio que estamos muy equivocados. El país lo hace el pueblo, los que, de verdad, salimos todas las mañanas a tomar el colectivo o hacemos las compras, o vamos casi angustiados a pagar los impuestos. Ese país, que no sale en ningún noticiero, ni es tapa de revistas, somos nosotros. Esos que tomamos un mate a las seis de la mañana y, escuchando la radio, nos sentimos perdedores porque nunca es noticia lo bueno. No sé si pienso bien, pero ¿cómo estaríamos, si los políticos no estuvieran más entre nosotros? Aunque hay algunos que trabajan honradamente, pero esos, los menos, tampoco son noticia. Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla Hago una recorrida mental por ellos, que se precian de ser insustituibles. Me vienen a la mente el noticiero de las 9 de la mañana, o el almuerzo de Mirtha, y algunos de esos programas serios de la noche. Se me cruzan muchos personajes por la cabeza. Por ejemplo, se asoma una señora elegante y fina. Ella está muy segura de sí misma, siempre se muestra atenta a las cámaras y los flashes como si fuera un “reality”, pronuncia las palabras vocalizando muy bien, un cabello muy cuidado, y un tic instantáneo y repetitivo de acomodárselo. Camina como enfrentando al mundo, sin dudar, sin pedir permiso, está consciente, todo el tiempo, de que su presencia irradia poder, energía, respeto. De sus palabras nacen conceptos firmes y sellados. Ella está primera en todo, y su alrededor asiente cada término, cada frase. Su tono de voz, sus movimientos, su paso no dejan dudas de que tiene poder. Alguna vez, dijo esta frase: “Si fuera una genia, haría desaparecer a alguno”. Pienso nuevamente y veo a una señora que se sienta un poco de costado, cerrando los ojos, casi rezando cada una de sus frases. Lleva, en ocasiones, el pelo recogido, casi siempre sencillamente vestida. A veces, sorprende vistiendo un modelo de tono primaveral. Repite a menudo: “a ver”, “¿me siguen?”... Por momentos, es muy simpática, pero, repentinamente, mira el mundo con pesimismo. De pronto, es una intelectual y, de a ratos, es profeta. Una declaración de ella: “Queda claro quién pone la violencia en la Argentina". Me sumerjo en mis recuerdos de televisión y contemplo a un Señor muy, muy serio. Es correctísimo en sus gestos, muy seguro en sus actitudes. Es uno de los consejeros intocables y con más experiencia de un equipo ejecutivo que se renueva tropiezo tras tropiezo. Siempre pronto y apurado por defenderse y opinar de todos, hasta de las “divas” más mediáticas. En muchas oportunidades, su sonrisa se esconde dejando traducir algún gesto burlón. En algún momento, se defendió argumentando: “"yo cumplí con lo que tenía que hacer". Me agarra un poco de sueño y espanto a la vez. Lucho por recordar otro personaje de la política y veo a un hombre que surge casi de la nada, que está casi siempre sereno. Muchos se preguntan cómo hace para permanecer así, tan tranquilo. Unos se cuestionan si él se encuentra en el lugar equivocado o se convirtió en “sapo de otro pozo”. Habla sencillo, ni siquiera maneja un lenguaje político o filosófico. Diariamente, alguien le pide que renuncie. El continúa tozuda o heroicamente, “la historia lo juzgará”. Es claro y aparenta ser sincero. Votó en contra de una famosa resolución. Una vez, en una circunstancia muy difícil, confesó: “Mi corazón dice otra cosa”. Todos son políticos... qué se le va a hacer. La vida pública del político influye de manera importante en el pueblo. Aunque no lo queramos reconocer. No se puede suponer que uno de ellos sólo vista un traje o cumpla un rol en un determinado momento del día. En un país como el nuestro, que necesita un cambio cualitativo del “hacer político”, la realidad de los protagonistas no siempre resulta alentadora. No es que se pretenda la perfección, pero la batalla por figurar, haciendo trizas a cuanto contrincante se acerque, no ayuda en nada a construir una nación. La pelea es constante, los enfrentamientos son alocados y hasta inmaduros. No hay acuerdo ni para armar comisiones en el poder legislativo; sólo críticas de unos contra otros, desplantes, acusaciones. Parece que aquél que se ocupa de hacer algo debe soportar que otro político enseguida lo critique y le eche en cara lo que gastó o el tiempo que tardó en realizarlo. En la construcción de un país y frente a la oportunidad histórica de celebrar un bicentenario, no sirvió demasiado la duplicación de un “Tedeum”, en bandos opositores, rezándole al mismo Dios. ¿Cómo se puede decir “Padre Nuestro” cuando se ejercen los propios impulsos ignorando al compañero de camino? La postal de las ausencias, en la inauguración de las obras del Teatro Colón, fue inadmisible. No se puede vivir cruzando a la vereda de enfrente para no saludar al vecino que no “me cae bien”. La violencia de los “grandes” es grave, ya no se puede admitir la falta de perdón o de tolerancia. En el glamoroso show de “alta cultura”, no se reflejaba el condimento popular del obelisco o de los otros espectáculos. Tampoco la cena de gala, en la Casa Rosada, fue menos elitista. Es cierto que la festividad era propicia para tal acto, pero qué país podemos edificar, si no estaban invitados el vicepresidente ni los ex presidentes. La fiesta no es de un gobierno y, menos aún, el desembolso de dinero para la organización. En la foto del Colón y de la cena de gala, deberían haber aparecido todos... El pueblo dio el ejemplo, la clase dirigente no. Definitivamente no tienen grandeza y no son dignos de representarnos. No entiendo por qué nos asustamos cuando los barrabravas viajan tranquilamente al mundial de Sudáfrica. ¿Acaso no representan en parte lo que somos? ¿No son de barrabravas las conductas de nuestros gobernantes? ¿No es barrabrava el político que ningunea a sus colegas o compañeros de trabajo? ¿No es barrabrava cortar calles todos los días? ¿No es malo difamar, inventar juicios, armar trampas, amenazar con rodear una ciudad con camiones? ¿No será que vivimos escondidos y asustados por la coacción “barrabravista” del poder? Este país nuevo que todos queremos construir tiene como horizonte próximo el 2011, en el contexto de las elecciones presidenciales. Nada más desmoralizante para el ciudadano común que ser espectador de un poder supremo que se ríe de sus contrincantes, peleando y dividiendo el tablero por una idea personal o por una visión más hacia la izquierda o un poco a la derecha. Probablemente pelearán por el puesto presidencial, en el 2011, unos 10 políticos. Hoy gana, en el radicalismo, el hijo de un gran político que ya no está, y la interna justicialista se arma de valor para enfrentar a una mole de poder. Se les hace agua la boca a los publicistas y asesores comunicacionales pensando en la futura batalla: “La imagen es lo que vende”. Mejor que recordemos todo lo que vimos de los políticos hasta ahora, no creo que un desconocido se arrime a la carrera presidencial. No creo que sigamos votando la prepotencia, la falta de pluralismo, la violencia de acusaciones y el desmoralizante y cotidiano enfrentamiento. ¿Por qué no ahorran energías para construir? Somos un país joven, pero que no nos dure para siempre la inmadurez. Más vale que se ahorren en pautas publicitarias y que muestren el verdadero rostro, ése que hoy necesita la Argentina. por Germán Díaz Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
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