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![]() SIDA: ¿De qué lado estás? por Germán Díaz Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla Las costumbres humanas necesitan cambiar, evidentemente, no por convicción moral, sino, especialmente, por conciencia sanitaria. Estamos en un mundo infectado: de ruidos, de estrés, de mal humor, de cambio climático, de violencia, de afecciones morales y biológicas… Ya no es saludable vivir en el mundo de hoy. Podemos toparnos con cualquier cosa que nos haga daño. Debemos ser precavidos, sanos, inteligentes. Para todo, siempre es bueno encontrar el justo medio: la medida en todas las cosas, evitando los excesos, saneando las enfermedades, viviendo las virtudes y adquiriendo buenos hábitos y costumbres. Todas nuestras relaciones y, en particular, las específicamente sexuales deben ser tomadas en serio. Hoy, y desde hace más de treinta años, convivimos con un “síndrome” que genera miedo y también discriminación. Las medidas adoptadas por las grandes instituciones de salud aún no han logrado detener el avance desenfrenado del virus. Han alertado, educado, enseñado y propuesto, como bandera de lucha, el uso del preservativo. Sin embargo, no es lo único que asegura la “no propagación” de la enfermedad. Lo más importante no es cubrirse para no ver la realidad. Una verdadera educación abarcaría los valores humanos, a fin de exterminar definitivamente el mal. Parecería que los Organismos de Salud quisieran decir: “Hagan lo que quieran, pero usen preservativos”. La educación debería ir más allá, apuntar a ideales más altos, a mirar “el todo” de la persona. Algunos ministros de la Iglesia, que hablan como institución, siguen dando consejos morales al respecto, pero hoy es fundamental, también, tener en cuenta las recomendaciones sanitarias. No se trata de renunciar a los valores, ni de abandonar el ideal cristiano, sino de cambiar la mirada sobre la vida humana: de cuidar en lugar de controlar. Cuidar implicará, a su vez, ayudar a los jóvenes a ser responsables en su actividad sexual. Promocionar la castidad y la abstinencia sexual es válido. No obstante, sólo el 10 o 15 % lo practica, y existe un 85% de católicos que, al salir de la iglesia, se relacionan con todo tipo de personas. Los límites parroquiales demarcan los mapas de los obispados, pero los límites del ejercicio de la moral individual dependen de la libertad de vida personal. A ese ser humano libre deberíamos apuntar. Tal vez, algunos miembros de la jerarquía de la Iglesia se equivocan al pensar que la prohibición del uso de preservativos disminuirá la fornicación. También muchos ateos y anticlericales, seguramente, desaciertan al culpar a la Iglesia por la expansión del SIDA en África. Ni una posición ni la otra reflejan la verdad. La cuestión moral, en definitiva, es una cuestión individual, y tanto los clérigos como los promotores de la salud deben ser muy cautelosos en el momento de comunicar consejos. Algunos cómicos profesionales fanfarronean advirtiendo: “divertite, pero usá forro”. La inmadurez e irresponsabilidad del médico que se desata y anuncia semejante arenga falaz esconde el absurdo entrometimiento en la intimidad del ser humano. Asimismo, el Padrecito acartonado que se espanta, cubriendo, con hojas de parra, cualquier Adán o Eva desnudo, se equivoca lanzando “moralinas” a los jóvenes, desconociendo sus hábitos que ejercen desde temprana edad. Jóvenes, estimulados desde los 6 o 7 años para la actividad sexual, y que nosotros, cándidos, pretendemos que lleguen a los 26 años “vírgenes”. Para enfrentar el SIDA, se debe hablar primero con seriedad y madurez. No es tapando la realidad ni ocultando los números como se aborda una amenaza tan grande como una pandemia. El SIDA ha pasado, desde hace décadas, de ser una enfermedad de homosexuales a convertirse en un peligro de casi todos. Sólo la toma de conciencia será el comienzo de una importante profilaxis. Para muchos, continúa siendo la enfermedad de la vergüenza, pero, en realidad, la ignorancia es la mayor de las vergüenzas. El control de la enfermedad, en definitiva, me recuerda fatídicamente la versión de Michel Foucault sobre el poder del Estado, en cuanto al gerenciamiento de la salud. “Hacer vivir, dejar morir”. Mientras que, para proteger la salud de las personas, se invierte en campañas y antídotos, un porcentaje de la sociedad no recibe la mínima atención para poder seguir viviendo o sobrevivir. En el ámbito del SIDA, aun cuando se emprenden fastuosas acciones propagandísticas y se realizan investigaciones de última generación, el hambre sigue azotando a los continentes y poco se dice o se estudia al respecto. Edward Green, director del Aids Prevention Research Project de Harvard, reconoció que "El preservativo no detiene el Sida. Sólo un comportamiento sexual responsable puede hacer frente a la pandemia". La única forma verdaderamente eficaz de combatir el SIDA es la abstinencia para los solteros o la estabilidad de pareja y la fidelidad al lecho matrimonial para los casados. Aunque reducen en gran parte el riesgo de contagio, el profiláctico no es 100 % efectivo. Frente al SIDA, han existido varias actitudes, pero dos bien configuradas: los que pensaban que era una maldición y los que no hicieron caso, y siguieron viviendo como si nada. Ambas actitudes erróneas hoy exigen un “mea culpa”. Dios no castiga, sino que la naturaleza degeneró y propició determinadas anomalías que ni la ciencia ni el hombre preveían. Ante el SIDA, la mejor actitud es la prevención: nadie está exento. Un simple desliz puede ocasionar una terrible consecuencia. ¿Cuál es la mejor prevención? El cuidado, estar alerta, evitar la promiscuidad, adquirir costumbres de pureza sexual y sanitaria. No quiero ser apocalíptico, pero me tienta terminar mi escrito con el último párrafo de Albert Camus en La Peste: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría estaba siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.(1)
(1) CAMUS, Albert, La Peste, Buenos Aires, Edit. Sudamericana, 1995, p. 239.
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