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Matrimonio gay
                                                                 ¿Capítulo I?
  por Germán Díaz (hace Click aqui para ver mas escritos)
Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social,Gerente Radio Manantial
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El casamiento entre personas homosexuales ya es casi un hecho. ¿Nos  perjudicará esta nueva forma de convivencia? Podríamos decir que no implica una amenaza material o un verdadero flagelo social. La homosexualidad, las parejas gay son habituales. La realidad de la homosexualidad es tan cierta y tan viva como el llamado “cambio climático” o el uso común de tecnología digital. No se puede parar, ni prohibir, ni negar, ni escandalizarse. ¿Qué podemos hacer? No hay una respuesta que pueda conformar a todas las personas. Por otra parte, existen problemas verdaderamente graves, como para ocuparnos de esta situación. No se trata de estar a favor o en contra, sino de descubrir y sacar a la luz qué significa esta novedad para nosotros.
 
La homosexualidad puede manifestarse en cualquier institución, familia de bien, fuerza de seguridad, congregación religiosa. Antes, tal vez, era una “mala palabra”. Hoy debemos aprender a aceptarla. Los modelos de vida que, hasta hace poco, parecían intocables ahora están en crisis: la familia, el matrimonio, el líder religioso, el político, el ser hombre, el ser mujer. No todo es por casualidad. Dejamos caer muchas cosas en busca de bienes materiales. Abandonamos la Iglesia, la familia, la honestidad. Un día, nos despertamos y vimos que el mundo era distinto de lo que habíamos imaginado.
 
¿Qué debe hacer la Iglesia? Acompañar. ¿Pero al pecador hay que castigarlo? Acompañar. ¿Pero cómo la Iglesia va a legitimar el desorden sexual? Acompañar. ¿La Iglesia debería combatir a los homosexuales? Acompañar. No estamos para condenar, estamos para acompañar. La Iglesia tiene chapa de discriminadora, condenadora, reguladora indeclinable con la fragilidad humana. ¡Y no se ganó la fama de arriba o por que sí! Es hora de acompañar. ¿Hasta dónde? Hasta donde llegue el hombre. La fuerza del amor de Cristo no conoce límites. Él nunca abandonaría a nadie. No se trata de legitimar o animar, sino de acompañar. ¿Qué podemos hacer si dos hombres, que viven juntos hace quince años, desean pedir un aval social, estatal a su convivencia de hecho? Nunca se van a unir en un matrimonio heterosexual, nunca optarán por vivir o quedarse solos. Necesitan a su pareja y solicitan respaldo jurídico. ¿Está mal? ¿Qué solución pretendemos darles como sociedad? ¿Qué poder correctivo de conductas se nos ocurre aplicar? ¿Adónde queremos llegar negándolo?
 
Se escucha, se ve, se siente que católicos de ultraderecha se arman en batalla contra los pecados de moda: aborto, preservativos, homosexualidad…  ¿Cuál será nuestra misión como hijos y seguidores de Cristo? ¿La pelea? ¿La confrontación? ¿El juicio? ¿Sentadas frente al Registro civil? ¿Cuál es la verdadera actitud que debemos tomar? La solución fácil de prohibir, detener, impedir, tapar o suspender ya no será tan efectiva para los tiempos que corren.
 
Yendo más a fondo: ¿Por qué dos hombres no pueden decidir casarse entre sí? ¿En qué afecta a la sociedad? ¿Nos molesta porque es algo raro o porque tememos a lo diferente? Es cierto que este fallo no es simplemente una cuestión de amor, como lo justifican las primeras líneas del escrito judicial que aprueba el primer “matrimonio” homosexual, no sólo en la Argentina, sino también en América latina. Para Alejandro Freyre y José María Di Bello -los futuros contrayentes-, se trató, ante todo, de una estrategia jurídica de la comunidad que integran. Buscaron burlar la ley, las contras, los ataques. Consiguieron lo que querían. Publicidad, notas, amigos en facebook. EL gobierno de la Ciudad de Buenos Aires parece con ánimo de no intervenir en nada que se muestre discriminador. Por el momento, no adoptarán hijos, lo cual creo que sí suscitará un planteo ético voluminoso, al tratarse de la intervención de un tercer humano indefenso, en este caso, sin posibilidades de elegir el tipo de padres que quiere tener.
 
"El mundo va en esta dirección. Tenemos que convivir y aceptar esta realidad. Espero que sean felices". Fue el deseo del jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri. En esta apresurada y errónea afirmación del reconocido empresario, ahora político, estoy en profundo desacuerdo. No justifica una acción mala el hecho de que la realice todo el mundo o los países desarrollados. Explicándome mejor, la valoración de una acción es muy pobre, si se califica según si la ejecuta o no la mayoría. En este sentido, mi desacuerdo es total. Ahora bien, aplicando todas las de la ley, desde el punto de vista moral, para nosotros que somos Iglesia católica, las relaciones homosexuales son consideradas desordenadas. Sin embargo, es una realidad, que no retrocede ni se minimiza. En este sentido, creo que nuestro deber es acompañar, no porque sea una situación de muchos, sino porque ocurre y, estemos o no de acuerdo, la conducta de muchos hombres y mujeres seguirá por este camino.
 
De todo esto, lo que verdaderamente nos pone los pelos de punta, como miembros de la Iglesia, es el mal llamado “matrimonio” homosexual. Son muy acertadas, al respecto, las palabras de los obispos de Buenos Aires, encabezados por el Card. Jorge M. Bergoglio, en un comunicado reciente: La palabra “matrimonio” alude, justamente, a esa calidad legítima de “madre” que la mujer adquiere a través de la unión matrimonial. Con frecuencia, se ha intentado asociar erróneamente el término “matrimonio” con el sacramento católico del mismo nombre, sin tener en cuenta que el vocablo y la realidad que quiere expresar fue consagrado por el Derecho Romano muchísimo antes de que el cristianismo apareciese en la historia de la humanidad.
 
Ni José María Di Bello ni Alex Freyre -novios desde el 2005- podrán conformar jamás un matrimonio, aunque lo intenten y le ganen a la ley, porque nunca serán mujeres. Creo que hablando en concreto nos entendemos mejor. Podrán buscar los avales legales que requieran para formar una pareja, podrán tirar kilos de arroz para festejar, tendrán, tal vez, una hermosa torta de bodas, hasta disfrutarán, si quieren y pueden, una luna de miel, pero nunca serán un matrimonio. El matrimonio es generación propia de vida, es un llamado de la naturaleza a multiplicar la gracia de estar vivo, es una gracia de participar como procreadores junto a Dios dador de Vida. Las relaciones homosexuales seguirán existiendo, pero, de ninguna manera, reemplazarán a las parejas heterosexuales constituidas para unirse y dar vida.
 
 

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