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¿Crisis matrimonial o crisis existencial?
por Germán Díaz
Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social
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 El matrimonio, como todas las instituciones sociales, atraviesa una gran crisis. Esto no es noticia, no tiene gusto a novedad, ni sabe a exclusivo. Simplemente pretendo echar una mirada sobre un aspecto que quizá se relaciona con la crisis y el desencanto generacional, con la mayoría de los aspectos vinculados al “ser” y “el hacer” en la posmodernidad.

 
No se trata de entender la situación matrimonial como obsoleta o presentar un cambio en el seno de esta forma de vida. La situación existencial del hombre en busca de la felicidad y de un sentido encierra un gran abanico de posibilidades que, tal vez, el matrimonio empobrezca o entorpezca de acuerdo con los valores actuales. Sin querer definir o describir el matrimonio como una traba para la realización o un encerrado sistema, podríamos entender que, desde la perspectiva del hombre y la mujer de hoy, el replanteo existencial, ante la posibilidad de formar una pareja unida en matrimonio, exige una decisión pensada y tomada con mucha responsabilidad.
 
Frente a la decisión fundamental de casarse, la persona sabe que muere a algo para nacer a una nueva etapa de proyectos comunes, renunciando a una cómoda vida solitaria para iniciar una vida común sobre la base del amor. El matrimonio cristiano, además, supone y requiere la fe de ambos. Cuando no haya pasión, cuando se apague el cariño y se termine la novedad del “otro”, todo se sostendrá por la fe en Dios y en el “otro”. Sería muy difícil mantener un matrimonio y una familia basada en Cristo sin la auténtica vida de fe. Como dice el Ritual del Matrimonio: “Casarse por la Iglesia… es una auténtica confesión de fe ante la comunidad cristiana reunida, que exige de los novios una madurez en la misma fe” (RM 11, n° 21).
 
La crisis del matrimonio, en realidad, es la crisis existencial del hombre y la mujer. Las instituciones que, en una época, dieron respuestas al “deber ser”, ahora se encuentran en franca retirada. No es que el matrimonio haya perdido valor, sino que demanda valor para vivirlo y sostenerlo en el tiempo. La incertidumbre de creencias y de costumbres pone en duda aquellos ideales que, en otro momento, fueron permanentes. La rebeldía del hombre de hoy no tiene ideales claros, sino espejismos, no sueña con un mundo mejor, sino con abandonar lo permanente, porque resulta demasiado pesado. No es tiempo de “moralinas” o consejos que satisfagan al gusto del consumidor, se trata de entender que la crisis puede ser cimiento de una nueva construcción. Como enuncia el Catecismo: el matrimonio es “un consorcio permanente entre un hombre y una mujer, ordenado al bien de los cónyuges y a la generación y educación de los hijos” (CIC 1055.1096). Esto implica renuncias, entrega, paciencia y madurez. La vida de los padres se realiza en la crianza, cuidado, educación de los hijos y en la unidad matrimonial. La vida profesional corre paralela al cotidiano familiar, pero ni una ni otra pueden ser invadidas, aunque haya momentos donde se puede dedicar más a una que a otra. Es así, la vida matrimonial conlleva renunciar para construir una vida en común. No soporta el mezquino provecho, ni la ganancia individual, sino que prospera en el encuentro y proyecto común.
 
El matrimonio es renuncia y también ganancia: en hijos, alegría, compañía. Es paciencia, pero, además, es recompensa en ternura, cariño, seguridad. El matrimonio es rutina, pero, asimismo, es novedad y crecimiento. La idea de seguir viviendo como soltero, en el matrimonio, está equivocada. No se puede pensar en una vida libre, mientras la familia espera en el hogar. Ese mundo laboral o académico que se dibuja personalmente en detrimento de la vida de pareja y familiar, acelera el fin. Tanto una madre que se dedica demasiado a sus hijos y descuida a su marido, como un esposo absorbido por un oficio o profesión facilitan la destrucción primero de la intimidad conyugal y luego de la familia. El varón es esposo “y” padre, no esposo “o” padre. La mujer es esposa “y” madre, no es madre “o” esposa. Ambos roles y perfiles coexisten, ninguno debe fagocitar al otro.
 
La vida del amor en pareja es una gracia de Dios que quiso que la familia humana se iniciara en un encuentro íntimo y placentero. El Catecismo de la Iglesia Católica entiende que los fines del matrimonio son de orden unitivo (unión íntima sexual, genitalidad, erotismo, amistad conyugal, ayuda mutua, entrega incondicional espiritual, psicológica, afectiva y física) y procreativo (frutos de la unión y del amor estable, es el hijo [CEC 1641.1660.1664.2201. CIC 1055.1096. LG 11.41]). La recreación y la novedad del matrimonio no son responsabilidad de algún factor externo, sino exclusiva responsabilidad de los esposos. Cuando uno de ellos pierde el sentido por lo nuevo, lo recreativo, lo lúdico, los pequeños gestos, las delicadezas cotidianas, entonces, se hace cargo de la muerte lenta o deterioro irreparable.
 
Si uno de los dos entiende que su propia vida es más importante que el matrimonio, estamos ante una crisis que puede provocar duras consecuencias. El matrimonio es posible, porque ambos abandonan algo propio para ganar mucho en asociación. Dejando de lado feminismos y machismos, el matrimonio es un acuerdo de voluntades, en él se encarnan las aspiraciones más profundas del hombre y la mujer de convivir solidariamente, aunque no se pueden exigir perfiles maternos a los padres y funciones paternas a las madres. Cada cosa en su lugar funciona bien, y estimulado mucho mejor.
 
Con el calor de vida de pareja, se enciende el clima de familia, y los hijos crecen en el ámbito afectivo sano y edificante. El matrimonio cristiano es un sacramento, es decir un signo visible, sensible: dos seres humanos que se aman. Es eficaz: la formación de una familia. La gracia de Dios actúa plenificando la pareja y asistiendo la generación de los hijos. No hay nada más maravilloso que el comienzo de la vida a la luz y calor del amor de pareja. Recrear, renovar y disfrutar de la maravilla del matrimonio es reconocer, en el otro, ese mismo amor de Dios que nos ama.
 
por Germán Díaz
Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social
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